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República de las Bananas
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Eduardo Lliteras Sentíes

3/12/2009, 11:25 PM En México, la vida de las mujeres, no vale nada: “Backyard”, El Traspatio

Mérida Yucatán, 12 de marzo de 2009.- “El puente negro”. Recuerdo que así le llamaban, de forma siniestra, al puente del ferrocarril por el que se colaban innumerables ilegales a Estados Unidos desde Juárez. Y de hecho, era negro, como una tumba, el portón metálico. Oscuro, como el destino de millones de mexicanos, sin trabajo, frente a la carestía y en jaque, acosados, por la criminalidad prohijada por un Estado fallido y corrupto. Al otro lado, desde las polvorientas, sórdidas, sucias y peligrosísimas calles de la ciudad fronteriza mexicana se atisbaba la opulencia y el brillo de los edificios y avenidas de El Paso, donde la Migra cazaba indocumentados en los autobuses de Greyhound, entre los vagones de tren y en la maleza del río Bravo, en el que flotaban emigrantes semidesnudos sobre cámaras infladas de camión.
La escena bien podría corresponder a las primeras tomas de “Backyard”, El Traspatio, película dirigida por Carlos Carrera, basada en hechos reales, según se anuncia al inicio de la proyección; pero la extraje de mi memoria, de mis andanzas en la frontera hace años.
Desde entonces, México ha vivido un deslizamiento constante hacia el infierno, de la mano de los gobiernos neoliberales que prometieron “progreso” gracias a la firma del TLCAN o, lo que es lo mismo, a la entrega del territorio nacional y de sus mujeres y hombres a la explotación salvaje de las maquiladoras yanquis, japonesas y de cualesquier “nacionalidad” que decidieran aprovechar la baratísima mano de obra mexicana, dócil y sometida, como carne de cañón de la acumulación capitalista.
El sueño americano, para escapar de la pesadilla mexicana. Dos caras de la misma moneda, como narran las historias de la policía Blanca (Ana de la Reguera) -que llega a Ciudad Juárez para investigar un asesinato de una mujer y se encuentra con el estremecedor caso de la Muertas de Juárez- y de la joven indígena Juanita (Asur Zágada) -que arriba a la misma cuidad proveniente de un pueblo en búsqueda de libertad e independencia económica-.
Juanita no encuentra la libertad. Halla la pobreza estremecedora, la explotación en una maquiladora, la muerte, la violación tumultuaria. A un novio atado a los usos y costumbres de su pueblo natal en Oaxaca que sucumbe a los celos y al odio machista.
La película, filmada en Ciudad Juárez entre amenazas y cadáveres sembrados por delincuentes, está basada en la trama de la dramaturga Sabina Berman. No sólo denuncia la impunidad que impera en torno a las llamadas Muertas de Juárez en Chihuahua, sino el círculo perverso de la muerte, la violencia, la corrupción y la impunidad que forman una auténtica amalgama cultural en México; la que se funde en el crisol del machismo y de la hipócrita mojigatería católica de muchos políticos mexicanos.
Ana de la Reguera encarna a Blanca Bravo, una policía sin maquillaje y con el rostro marcado por el sol y el estrés que se dedica de tiempo completo a intentar resolver los feminicidios. La película muestra la corrupción policiaca pero también la ineficiencia y la falta de capacitación y de medios de investigación, que padecen los policías mexicanos así como su desgano y cinismo.
Lejos del papel de una muñequita siempre rozagante de telenovela o de serie policiaca yanqui, Ana aparece adolorida, pobremente vestida, desfigurada en su belleza por la violencia fronteriza. De hecho, la actriz mexicana dijo adiós al maquillaje, vestidos y comodidades durante el rodaje. Su rostro se cubrió de paño, la boca se le resecó, subió de peso y a lo largo de toda la película apareció siempre con un pantalón de mezclilla y una chamarra polvorienta, como señaló el diario jalisciense El Informador.
El Traspatio provoca, no cabe duda, estremecimientos y terror ante la realidad que revela: violencia sin fin hacia la mujer y en general hacia la población de Juárez y de México.
Violencia que se expresa no sólo en los secuestros y asesinatos, brutales, de mujeres, sino en la miseria, en el desdén hacia la ciudadanía por parte de un gobernador; en la pobreza, que campea por los cerros polvorientos de Juárez.

Las mujeres, única esperanza

Poco a poco a lo largo de la película va emergiendo el inquietante cuadro en el que han florecido los crímenes de mujeres en Juárez y en México: un contexto cultural de impunidad, en el que lo mismo un novio celoso mata a su compañera que un asesino en serie acumula mujeres en un sótano para violarlas y decapitarlas.
Terrible realidad, no ajena a los países desarrollados, por otra parte, como menciona El Traspatio, al enumerar un listado de feminicidios ocurridos en España, Estados Unidos y en otros Estados de la República Mexicana, como el Estado de México.
Pero son mujeres, todas, las que se interesan en investigar y colaborar con la policía Blanca. Mujeres que trabajan en Organizaciones No Gubernamentales, las que le proporcionan un archivo de los centenares de muertes. Y mujeres las que se enfrentan al crimen y al desdén machista de las autoridades ante las agresiones y asesinatos brutales que muestran que en México, la vida de las mujeres, no vale nada.
Así, la policía Blanca, se confronta con las amenazas del gobernador, sometido a las exigencias explotadoras de los propietarios de las maquiladoras y del modelo económico impuesto desde Washington, que rechaza cualquier inversión de tipo social en Juárez.
Blanca debe encarar también el acoso del jefe de la policía, su jefe, a sueldo de las bandas de criminales; y en general, debe afrontar, sola, a los criminales violadores que en terribles imágenes arrojan por la puerta de un auto, en marcha, a una mujer violada y cubierta de sangre.
Las escenas, en que aparecen los cadáveres amontonados, rasgados, agredidos, ensangrentados, de mujeres asesinadas, causan dolor y espanto, en el preciso momento en que en México vivimos un periodo histórico de inaudita violencia, en el que todos los días sabemos de nuevas atrocidades, en auténtica escalada, cometidas por el crimen organizado y otros grupos.
El final, nos muestra a una policía que tiene que exiliarse en los Estados Unidos, para no ser asesinada y a un gobernador que se mofa de las protestas ciudadanas. Que ordena a la prensa mexicana callar. A un medio nacional que relega a las últimas páginas de la nota roja, a las Muertas de Juárez. Y a un nuevo jefe de la policía que pacta, la consabida impunidad de la criminalidad, a cambio de dinero.
En esa realidad, florecen los crímenes de las Muertas de Juárez, las que se siguen acumulando, en el inexorable camino de la muerte que ha tomado México, ya no sólo en la frontera, sino en todo el territorio nacional.
Email: llitsen@libero.it

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